Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.

Encontró a Carmen en la cocina, preparando café con leche.

Joaquín leía el periódico junto a la ventana.

Sobre la mesa había un plato con 2 bollos recién comprados, cuidadosamente envueltos en una servilleta.

Álvaro se quedó inmóvil.

Su madre percibió inmediatamente su expresión.

—¿Qué pasa, hijo?

Él señaló el plato.

—Nada, mamá. Me he acordado de aquella noche.

Carmen guardó silencio.

Después tomó los bollos, los desenvolvió y los colocó delante de su marido.

—Aquel día los escondí porque tenía miedo de llegar a casa sin nada que darle de cenar a tu padre.

Álvaro tragó saliva.

Ella acercó una silla.

—Hoy los he comprado porque sé que te gustan para desayunar.

Joaquín dejó el periódico.

—Pues habrá que partirlos entre los 3.

Carmen sonrió y fue a buscar otro plato.

La ventana estaba abierta. Desde la calle llegaban las voces de los vecinos y el sonido de los niños que caminaban hacia el colegio.

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