Alejandro pidió permiso para comprar un solo regalo.
—¿Qué quieres darle? —preguntó Mariana.
—Un telescopio.
—Puedes.
Alejandro eligió uno sencillo pero de buena calidad.
Cuando Mateo abrió la caja, permaneció inmóvil.
—¿Es mío?
—Tuyo.
—¿Puedo ver Saturno?
—Si tenemos suerte, hasta sus anillos.
Mateo dejó la caja y abrazó a su padre.
Alejandro cerró los ojos.
Aquel abrazo valía más que cualquier año de negocios.
Después llegaron los viernes.
Una noche, Alejandro telefoneó a Mariana.
—Quiero invitarte a cenar.
—¿Con Mateo?
—No.
Ella guardó silencio.
—Como mujer, Mariana. No como mamá de mi hijo.
—Alejandro…
—Si dices que no, te invito otra vez el próximo viernes.
Mariana terminó riéndose.
Aceptó.
Su primera cita fue en un pequeño restaurante en la colonia Americana. No hablaron de Mateo ni de Teresa.
Hablaron de ellos.
Mariana le contó que siempre había querido estudiar administración, pero después del embarazo tuvo que trabajar.