Alejandro descubrió que la joven que había amado ya no existía.
Frente a él había una mujer distinta, más fuerte, irónica y mucho más cuidadosa con sus emociones.
Y volvió a enamorarse.
Sin prisas.
Hubo cine, cafés, caminatas mientras Mateo estaba en su taller de astronomía.
Alejandro no intentó besarla hasta que ella quiso acercarse.
Una tarde, viendo a Mateo aprender a andar en bicicleta, Mariana lo observó correr detrás del niño sujetando el asiento.
—¡Suéltame, papá! —gritó Mateo.
Alejandro retiró la mano.
El niño avanzó solo.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Miren!
Tres segundos después terminó dentro de un arbusto.
Los tres comenzaron a reír.
Alejandro volvió junto a Mariana con una hoja atorada en el cabello.
—¿De qué te ríes?
Mariana lo miró.
Habían pasado meses desde la última vez que sintió miedo de que él desapareciera.