Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Sin decir nada, tomó su mano.

Un año después regresaron al mismo centro comercial donde todo había comenzado.

Mateo iba a entrar a segundo de primaria y necesitaban comprar nuevos útiles.

Después de terminar, insistió en subir por la escalera eléctrica.

Al llegar al segundo piso, se detuvo frente a la tienda de decoración.

—¿Se acuerdan?

Mariana soltó una carcajada.

—Créeme que sí.

Ya no había enormes floreros cerca de la entrada. Los objetos pesados estaban contra las paredes y había varios letreros de seguridad.

Mateo miró a Alejandro.

—Papá.

—¿Qué?

—Si yo no hubiera roto aquel florero, ¿nunca nos habrías encontrado?

Alejandro pensó unos segundos.

—Probablemente no.

Mateo sonrió satisfecho.

—Entonces estuvo bien que lo rompiera.

—¡No! —respondieron Mariana y Alejandro al mismo tiempo.

Mateo se echó a reír.

Entonces Mariana notó que Alejandro había dejado de hacerlo.

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