Alejandro negó lentamente.
—Eso no fue lo que me contó.
—Al día siguiente llegaron dos trabajadores de la constructora de tu familia. Empacaron mi ropa y llevaron todo a casa de mi abuela. Cuando regresé por mi teléfono, ya habían cambiado la cerradura.
Alejandro apretó el volante.
—Yo te llamé.
—Yo también. Tu secretaria nunca me comunicó contigo. Después me dijo claramente que tu madre había ordenado que no me pasaran ninguna llamada.
—Mariana…
—Te escribí. Te busqué. Esperé cada domingo pensando que llamarías.
Alejandro sacó su celular con manos tensas.
Después de varios segundos encontró una nota que había guardado durante años.
Se la mostró.
“Alex, no me busques. Estoy cansada de esperarte y de soportar a tu madre. Conocí a otra persona. Perdóname y sé feliz.”
Mariana leyó el mensaje.
El color desapareció de su rostro.
—Yo jamás escribí esto.