Le ofrecí ayudar.
Al principio eran cantidades pequeñas cuando surgía algo. Después acordamos que le transferiría una cantidad cada mes.
Nunca le pedí explicaciones.
Si podía ayudar a que mis nietos estuvieran bien, me parecía dinero bien empleado.
Yo tampoco necesitaba grandes cosas. Conduzco un coche de trece años, desayuno casi todos los días en casa y mis vacaciones suelen ser unos días en Benidorm con un antiguo compañero de trabajo.
Elena a veces me decía:
-Papá, cuando estemos mejor te lo devolveremos.
Siempre respondía que no hacía falta.
Un domingo nos invitó a comer.
Habían preparado paella y estaban también unos amigos suyos.
Antes de sentarnos fui al pasillo a dejar una chaqueta. Desde allí escuché a Elena hablando por teléfono en la terraza.
No estaba intentando espiarla.
Pero oí claramente:
-Ya tenemos casi todo para el Caribe. Si seguimos así, en primavera reservamos las dos semanas.