Tengo 69 años y cada mes ayudaba económicamente a mi hija porque decía que con dos niños no llegaban a fin de mes. Nunca le pregunté en qué gastaba el dinero. Un domingo me invitó a comer y escuché por casualidad cómo le decía a una amiga que estaban ahorrando para pasar dos semanas en el Caribe. No dije nada durante la comida. Pero cuando se levantó para traer el postre me preguntó: «Papá, ¿

Me quedé quieto.

Pensé que quizá había entendido mal.

Durante la comida no dije nada.

Observé cosas que otras veces no había mirado: un teléfono nuevo sobre la mesa, unas zapatillas que mi yerno había comprado recientemente, planes para un fin de semana.

Ninguna de esas cosas era un delito.

Ellos trabajaban y tenían derecho a disfrutar de su dinero.

El problema era que parte del dinero con el que conseguían «llegar a fin de mes» salía de mi cuenta.

Cuando terminamos la paella, Elena se levantó para traer el postre.

Antes de entrar en la cocina me dijo:

-Papá, ¿te acuerdas de hacerme la transferencia mañana?

Dejé el tenedor.

Le pregunté cuánto tiempo llevaban ahorrando para aquel viaje.

Se quedó inmóvil.

Rubén me miró.

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Finalmente Elena me explicó que necesitaban también disfrutar, que llevaban años sin hacer un viaje grande y que ahorrar un poco no significaba que les sobrara dinero.

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