Me quedé quieto.
Pensé que quizá había entendido mal.
Durante la comida no dije nada.
Observé cosas que otras veces no había mirado: un teléfono nuevo sobre la mesa, unas zapatillas que mi yerno había comprado recientemente, planes para un fin de semana.
Ninguna de esas cosas era un delito.
Ellos trabajaban y tenían derecho a disfrutar de su dinero.
El problema era que parte del dinero con el que conseguían «llegar a fin de mes» salía de mi cuenta.
Cuando terminamos la paella, Elena se levantó para traer el postre.
Antes de entrar en la cocina me dijo:
-Papá, ¿te acuerdas de hacerme la transferencia mañana?
Dejé el tenedor.
Le pregunté cuánto tiempo llevaban ahorrando para aquel viaje.
Se quedó inmóvil.
Rubén me miró.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Finalmente Elena me explicó que necesitaban también disfrutar, que llevaban años sin hacer un viaje grande y que ahorrar un poco no significaba que les sobrara dinero.