Elena a veces me decía:
-Papá, cuando estemos mejor te lo devolveremos.
Siempre respondía que no hacía falta.
Un domingo nos invitó a comer.
Habían preparado paella y estaban también unos amigos suyos.
Antes de sentarnos fui al pasillo a dejar una chaqueta. Desde allí escuché a Elena hablando por teléfono en la terraza.
No estaba intentando espiarla.
Pero oí claramente:
-Ya tenemos casi todo para el Caribe. Si seguimos así, en primavera reservamos las dos semanas.
Me quedé quieto.
Pensé que quizá había entendido mal.
Durante la comida no dije nada.
Observé cosas que otras veces no había mirado: un teléfono nuevo sobre la mesa, unas zapatillas que mi yerno había comprado recientemente, planes para un fin de semana.
Ninguna de esas cosas era un delito.
Ellos trabajaban y tenían derecho a disfrutar de su dinero.
El problema era que parte del dinero con el que conseguían «llegar a fin de mes» salía de mi cuenta.