Los primeros días fueron divertidos. Había cajas por todas partes y discutíamos dónde poner sus libros. Tuvimos que vaciar medio armario, compramos otra mesilla para el dormitorio, y un día Ernesto apareció con una cafetera enorme porque, según él, la mía hacía un café malísimo. Me gustaba verlo allí.
Hasta que empezamos a convivir de verdad.
Ernesto se levantaba a las siete y media, incluso los domingos. Subía las persianas, encendía la radio y preparaba café. Yo llevaba años disfrutando de mañanas lentas: me levantaba cuando quería y podía pasarme una hora leyendo en silencio.
Él necesitaba saber qué íbamos a hacer durante el día.
-¿Comemos en casa?
-¿Vas a salir esta tarde?
-¿A qué hora vuelves?
No lo hacía por controlarme. Era, sencillamente, su forma de compartir la vida con alguien. Pero yo empecé a sentirme incómoda de una manera que no sabía explicar.