Luego estaban las pequeñas cosas. Ernesto dejaba las llaves en el plato donde yo ponía las cartas. Cambió varias sartenes de sitio porque decía que así eran más prácticas. Ocupó dos baldas del baño. Por la noche veía programas que yo no había visto en mi vida, y yo bajaba la voz cuando hablaba por teléfono para no molestarle.
Nada era tan importante como para discutir. Y, sin embargo, todo junto empezó a pesarme.
Una tarde me llamó mi hermana para tomar un café. Antes de contestarle, miré hacia el salón y pensé que a lo mejor Ernesto esperaba que pasáramos la tarde juntos. Ese gesto me dejó intranquila. Durante ocho años no había tenido que consultar con nadie, ni siquiera de pensamiento, para decir que sí a un café.
En la quinta semana pasó algo sin importancia. Ernesto había salido a comer con un amigo y yo me quedé sola en casa. No hice nada especial. Me preparé un bocadillo, dejé los platos para luego, me tumbé en el sofá y me pasé casi toda la tarde leyendo. Cuando miré el reloj habían pasado tres horas.