Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz

Me sentía feliz.

Y entonces oí la llave en la puerta.

Lo primero que sentí fue decepción porque ya había vuelto. Me dio muchísima vergüenza.

Aquella noche apenas abrí la boca, y Ernesto acabó preguntándome qué me pasaba. Le conté la verdad. Esperaba que se enfadara, y en parte así fue.

-Entonces no quieres vivir conmigo.

Le dije que no era exactamente eso.

-Maite, o quieres vivir conmigo o no quieres.

A lo mejor tenía razón. El problema era que yo le quería a él, pero no quería aquella convivencia.

Durante unos días intentamos cambiar algunas cosas. Ernesto dejó de preguntarme tanto por mis planes. Yo intenté que no me irritaran sus cosas en el baño. Hasta acordamos que algunas tardes cada uno iría a su aire. No funcionó. Porque el problema no eran las llaves, ni las sartenes, ni la radio.

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