Intenté leerlos.
Daniel colocó una mano sobre mi hombro.
“Ya revisé todo. Son autorizaciones normales.”
Firmé.
Todavía me cuesta admitir cuánto me arrepiento de haber confiado tanto.
Poco después comenzó el ritual de la noche.
Daniel calentaba leche con miel, canela y vainilla.
“Tu mamá te la preparaba así, ¿verdad?”
La primera vez sonreí.
“Sí.”
Cada noche dejaba la taza junto a mi sillón.
“Termínatela antes de que se enfríe.”
Al principio me parecía un gesto tierno.
Después empecé a despertar agotada.
Olvidaba dónde dejaba las llaves.
Perdía el hilo de las conversaciones.
Una tarde Elena me visitó y me miró durante varios segundos.
“Estás diferente.”
“Será la edad.”
“No. Algo no está bien.”
Daniel entró con flores justo cuando ella sugirió que consultara a otro médico.
Vi cómo su sonrisa desapareció durante un segundo.
Luego volvió.