Por primera vez en mucho tiempo, no intentó justificarlo.
No pensó en lo que Diego podía estar sintiendo.
Pensó en lo que ella había hecho.
Había entregado sangre por alguien que no la necesitaba.
Había corrido de madrugada porque creyó que su pareja estaba en peligro.
Había aceptado un procedimiento médico sin cuestionarlo porque alguien que decía quererla le había hecho creer que esa era la prueba de amor que debía superar.
Y mientras ella hacía todo eso, ellos estaban contando.
Noventa y seis.
La cifra se convirtió en una frontera.
Ya no importaba cuántas pruebas anteriores pudiera recordar.