Y una mujer llamada Camila esperando al otro lado de ese número.
Valeria cerró la maleta.
No lloró.
Todavía no.
Antes necesitaba saber hasta dónde llegaba la mentira.
Porque si los documentos universitarios habían sido falsificados a propósito, si aquella supuesta enfermedad había sido inventada y si el accidente de esa madrugada también había sido una actuación, entonces tres años de recuerdos podían contener muchas cosas que ella había interpretado mal.
La pregunta ya no era si Diego la amaba.
La pregunta era cuánto de la relación había sido real.
A la mañana siguiente, Valeria regresó a revisar sus cosas sin avisarle a Diego.
Encontró fotografías, regalos, recibos y pequeños objetos que durante años habían parecido pruebas de una relación normal.
Ahora los miraba de otra manera.
No porque todos fueran falsos.