No podíamos borrarlas con una conversación
Así que empezamos por cosas simples.
Nadie se quedaba sin cenar como castigo.
Sofía no tenía que hacer tareas domésticas que pudieran lastimarla.
Ayudar era una opción adecuada para su edad, no una prueba de obediencia.
Valeria conservaba su teléfono con ella.
Y si mi madre llamaba, Valeria no tenía obligación de contestar.
Eso también me correspondía entenderlo.
Teresa intentó hablar conmigo varias veces.
Algunas conversaciones duraron menos de un minuto.
En otras lloró.
En una dijo que Valeria la había puesto en su contra.
En otra insistió en que todo se había salido de proporción por un poco de agua caliente.
Nunca aceptó completamente lo ocurrido de la forma en que yo esperaba.
Yo tuve que aprender algo incómodo: poner un límite no garantiza que la otra persona lo entienda.