Sin embargo, no se rindió.
Se sentaba en el piso cerca de Mateo.
Le enseñaba juguetes.
Preparaba sus biberones.
Se levantaba de madrugada.
Una tarde escuché una carcajada desde la habitación.
Entré.
Mauricio estaba sentado frente a Mateo haciendo una mueca ridícula.
Mateo se rio otra vez.
Mauricio se quedó completamente inmóvil.
Después comenzó a llorar.
—Es la primera vez que se ríe conmigo.
No respondí.
Pero entendí que, por primera vez, estaba viendo las consecuencias reales de lo que había hecho.
Los resultados llegaron un jueves.
La directora quiso citarnos.
Me negué.
—Dígamelo por teléfono.
Hubo un silencio.
—Mateo es hijo biológico suyo y del señor Ramírez.
Apreté los ojos.
—Santiago no tiene parentesco biológico con ninguno de ustedes.
Respiré lentamente.
—¿Y Emiliano?
—Emiliano es hijo biológico suyo y del señor Ramírez.
Mis piernas cedieron.
Mauricio me sostuvo del brazo.
Esta vez no lo aparté.
—¿Santiago?
—Es hijo biológico de la otra pareja.
Ya no había dudas.
Dos bebés.
Dos familias.
Cinco meses viviendo la vida equivocada.
Conocimos a los padres de Santiago tres días después.
Se llamaban Mariana y Alejandro.
Nos reunieron en una sala privada.
Mariana entró cargando a Emiliano.
Yo llevaba a Santiago.
Mauricio sostenía a Mateo.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces Mariana vio a Santiago.
Se tapó la boca.
—Dios mío…
Yo miré a Emiliano.
Y sentí algo extraño.
No fue magia.
No escuché ninguna voz interior.
Simplemente vi los ojos de Mauricio.
La misma forma de las cejas.
Y un gesto mío al fruncir el ceño.
Mariana comenzó a llorar.
—Es mi hijo.
La frase me atravesó.
Instintivamente apreté a Santiago contra mi pecho.
Ella lo notó.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón —respondí, mirando a Emiliano—. Estoy pensando exactamente lo mismo.
Mariana pidió permiso para tocar a Santiago.
Ni siquiera dijo cargarlo.
Solo tocarlo.
Cuando acarició su mejilla, Santiago la observó unos segundos y después escondió la cara contra mi pecho.
Mariana se quebró.
—No me conoce.
Entonces Alejandro acercó a Emiliano.
—¿Quieres cargarlo?
Miré a Mariana.
Vi miedo en sus ojos.
El mismo miedo que yo tenía.
Finalmente asintió.
Tomé a Emiliano.
Mi hijo.
Mi hijo según el ADN.
Pero él me miró como se mira a una desconocida.
Frunció el ceño.