Todos acusaban a mi esposo de preferir al gemelo mayor, pero algo no cuadraba: podía pasar horas abrazándolo y ni siquiera mirar al pequeño cuando lloraba. “Está bien, no voy a preguntarte más”, le dije. Esa noche preparé un sobre con muestras de uñas y cabello y lo envié a un laboratorio. Tres días después recibí el ADN; puse los papeles sobre la mesa y la reacción de mi esposo me confirmó que el verdadero escándalo apenas comenzaba.

Durante dos semanas se convenció de que seguramente se trataba de un problema administrativo.

Hasta que tomó un cabello de Santiago y mandó hacer una prueba de ADN a escondidas.

El resultado excluyó su paternidad.

—¿Pensaste que yo te había engañado?

Su silencio respondió por él.

Sentí que me ardían los ojos.

—Estuviste en todas las consultas. Sabías cuándo quedé embarazada. ¿Y aun así pensaste eso?

—Solo durante unas horas.

—No mejora nada.

Después analizó a Mateo.

Mateo sí era suyo.

Entonces entendió que lo ocurrido probablemente no tenía que ver conmigo.

Tenía que ver con el hospital.

—¿Y por qué callaste?

Mauricio comenzó a llorar.

—Porque si investigábamos, podían llevarse a Santiago.

Por primera vez comprendí aquella obsesión.

No abrazaba tanto a Santiago porque estuviera convencido de que era suyo.

Lo abrazaba porque temía perderlo.

Y había ignorado a Mateo precisamente porque estaba seguro de que Mateo nunca se iría.

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