Álvaro le entregaba camisas viejas para doblar, chaquetas sencillas y pantalones de trabajo. Cuando regresaba tarde, se quejaba del tráfico, de las horas conduciendo y de lo caro que resultaba mantener la casa.
Ahora Clara veía algo muy distinto.
Irene apareció con una bandeja.
—El notario llegará a las 12:00.
Álvaro miró a Clara.
—Hoy resolvemos todo.
—¿Lo de Hugo?
—Lo de nuestra familia.
Irene y Álvaro cruzaron una mirada rápida.
Clara la vio.
Y entendió que probablemente había ocurrido miles de veces delante de sus ojos sin que ella pudiera percibirla.
Después del desayuno salió al jardín fingiendo orientarse con el bastón. Minutos más tarde regresó silenciosamente y escuchó voces en la cocina.
La puerta estaba entreabierta.
Álvaro sujetaba a Irene por la cintura.
Ella se apartó.
—Aquí no.
—Clara está fuera.
—Últimamente pregunta demasiado.
—Después de hoy ya dará igual.