El notario levantó la mirada.
—La señora tiene derecho a conocer íntegramente el contenido.
Álvaro forzó una sonrisa.
—Claro. Solo intento evitarle cansancio.
Clara apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Estoy cediendo participaciones?
Nadie respondió.
—¿Derechos económicos?
Álvaro se tensó.
—¿Quién te ha dicho eso?
—¿Estoy renunciando a algún poder sobre el patrimonio que heredé de mi madre?
Irene dejó lentamente la taza.
—Clara…
Ella giró directamente hacia Irene.
—Ese vestido burdeos te queda muy bien.
La taza se le escapó de la mano y se rompió contra el suelo.
Álvaro se levantó.
—¿Qué has dicho?
Clara lo miró a los ojos.
—Y tú deberías cambiar esa corbata gris. No combina con la chaqueta.
Él movió una mano delante de su rostro.
Los ojos de Clara siguieron el movimiento.
—No puede ser.
—Sí.
Se puso de pie.
—Puedo ver.
El rostro de Álvaro perdió el color.