Un día después de nuestra boda, mi suegra me roció desinfectante directo en los ojos y escupió: “Una mujer sucia y sin un centavo como tú jamás pertenecerá a esta familia.” Mi esposo no solo se quedó mirando… también me sujetó los brazos mientras yo gritaba de dolor. Horas después, los médicos confirmaron quemaduras químicas en ambos ojos. Pero cuando mis padres pidieron ver cada segundo de las cámaras de seguridad, su familia entendió que acababa de tocar a la mujer equivocada…

Beatriz llegó con lentes de diseñador, tratando de ocultar el golpe público de su detención. Sebastián llevaba el mismo traje azul de la boda, arrugado, sin brillo. Su padre, Don Ignacio Landa, entró primero, furioso, con un portafolio negro en la mano.

Ellos pensaban que habían sido citados por sus acreedores para reestructurar la deuda de Hoteles Landa del Norte.

Creían que el escándalo familiar era un problema aparte.

No sabían que ambos caminos terminaban en mí.

Don Ignacio golpeó la mesa con el portafolio.

—Vamos a dejar las telenovelas fuera. Digan cuánto cuesta salvar los hoteles y cerramos esto hoy.

La puerta se abrió.

Entré yo.

Llevaba un traje color marfil, lentes oscuros médicos y el cabello recogido. Caminaba despacio porque la luz todavía me molestaba, pero no bajé la cabeza.

Mi madre venía a mi derecha. Mi padre, a mi izquierda.

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