Un día después de nuestra boda, mi suegra me roció desinfectante directo en los ojos y escupió: “Una mujer sucia y sin un centavo como tú jamás pertenecerá a esta familia.” Mi esposo no solo se quedó mirando… también me sujetó los brazos mientras yo gritaba de dolor. Horas después, los médicos confirmaron quemaduras químicas en ambos ojos. Pero cuando mis padres pidieron ver cada segundo de las cámaras de seguridad, su familia entendió que acababa de tocar a la mujer equivocada…

Me senté en la cabecera.

Sebastián se puso de pie.

—¿Lucía? ¿Qué haces ahí?

Mi padre dejó una carpeta roja frente a Don Ignacio.

—Está ahí porque Lucía es la beneficiaria principal del Fideicomiso Rivas —dijo—. Y el Fideicomiso Rivas controla este grupo.

Beatriz bajó lentamente sus lentes.

—No… ustedes eran maestros.

Mi madre sonrió sin alegría.

—No. Dejamos que ustedes creyeran eso porque la soberbia necesita sentirse segura para quitarse la máscara.

Don Ignacio abrió la carpeta. Leyó la primera página y el color se le fue del rostro.

Grupo Rivas Capital ejecutaba las cláusulas de incumplimiento que Hoteles Landa había violado durante meses. Se cancelaba la refinanciación. Se activaban garantías personales por más de 780 millones de pesos. Un interventor tomaría control de seis hoteles antes del cierre del día.

—No pueden hacer esto —gritó Sebastián—. ¡Soy tu esposo!

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