Caí de rodillas, golpeándome contra el piso. Oí mi maleta caer junto a mí, oí la respiración alterada de una empleada escondida cerca de la cocina, oí los tacones de Beatriz acercándose.
—Así se limpia la mugre que se mete donde no pertenece —susurró.
Sebastián pasó por encima de mí para no mancharse los zapatos.
Cuando llegué al Hospital Zambrano, el médico no habló de “exageración”. Habló de quemaduras químicas en ambas córneas, irrigación urgente, riesgo de daño permanente.
Yo temblaba bajo una sábana delgada, con los ojos vendados, mientras Sebastián inventaba su versión afuera.
—Fue un accidente doméstico —le dijo al guardia—. Mi esposa se puso histérica, tomó el atomizador y se roció sola. Mi mamá intentó ayudarla.
Diez minutos después se fue.
No firmó papeles. No preguntó si iba a quedar ciega. No me tomó la mano.