No fue a casa.
Fue con doña Rosario.
La vecina escuchó el audio completo.
—¡Sinvergüenzas! —exclamó—. ¡Y tu suegra diciéndole a todo el edificio que el departamento era de él!
Natalia respiró profundamente.
—Necesito pedirle un favor.
—El que quieras.
—Esta noche venga a mi casa.
—¿Para qué?
—Porque quiero que escuche esto delante de ellos.
Natalia hizo una pausa.
—Y quiero que también estén Karla, la hermana de Diego, y su madrina Mercedes.
Doña Rosario entendió inmediatamente.
—Quieres sacarlos de la oscuridad.
—Exactamente.
A las seis de la tarde Natalia regresó cargando comida, refrescos y un pastel pequeño.
Diego sonrió al verla.
—Eso, ya entendiste. Así debe llegar una esposa.
—Hoy tendremos invitados.
La sonrisa desapareció.
—¿Quién?
—Tu hermana Karla. Tu madrina Mercedes. Doña Rosario.
Leticia salió de la sala.
—¿Para qué invitaste gente?
—Para hablar del negocio de Diego.