—Una firma. Nada grave. Un poder para que yo pueda hacer trámites mientras tú trabajas.
—¿Qué clase de poder?
Leticia soltó la cuchara sobre la mesa.
—Ay, Natalia, qué cansado es explicarte todo. Tu marido quiere salir adelante y tú interrogándolo como policía.
—Solo estoy preguntando.
—Pues confía en él.
Natalia miró a Diego.
—¿Tú confías en mí?
Él no respondió.
En ese momento sonó el timbre.
Leticia corrió a abrir.
Un joven sostenía un sobre grueso.
—Entrega para el señor Diego Hernández. Viene de la notaría.
La cara de Leticia cambió.
Le quitó rápidamente el sobre, firmó la recepción y cerró.
—¿Qué llegó? —preguntó Natalia.
—Publicidad.
—El muchacho dijo que venía de una notaría.
—Escuchaste mal.
Leticia llevó la carpeta directamente al cuarto cerrado.
El candado volvió a sonar.
Aquella noche Natalia esperó hasta que Diego comenzara a roncar y Leticia se quedara dormida en la sala.