Un niño pagó 60 € por un torno de 14 toneladas que llamaban chatarra… y la Armada le pagó 268.000 €

Esta vez no me encogí dentro de la chaqueta.

Fermín me dio una palmada en el hombro.

—Tu abuelo habría querido ver esto.

Asentí, aunque en ese momento no podía hablar.

Durante el invierno, Julián nos envió fotografías de la instalación y de los trabajos.

Guardé cada una en una carpeta.

Veía mi torno bajo las luces del taller, rodeado de profesionales, y me costaba recordar que era la misma mole que había pasado tantos años inmóvil en una finca.

En marzo invitaron a mamá y a mí a Ferrol.

Nos dieron instrucciones, protección y un lugar desde el que observar.

Permanecimos detrás de la zona marcada mientras un operario trabajaba en uno de los últimos ejes del proyecto.

La máquina giraba con un sonido grave y constante.

Yo no podía apartar la mirada.

Había conocido el torno como una cosa silenciosa, cubierta de grasa. Ahora entendía para qué había sido construido.

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