Valeria estaba a punto de llevarla dentro del supermercado cuando escuchó un grito desde el extremo del estacionamiento.
—¡Sofía!
La niña levantó la cabeza de inmediato.
—¡Papá!
Un hombre corría hacia ellas.
Parecía tener unos cuarenta años. Llevaba traje oscuro, zapatos elegantes y una expresión de terror que Valeria nunca olvidaría.
No le importó pisar los charcos ni arruinar su ropa.
Llegó hasta ellas sin aliento.
—Sofía… Dios mío…
La niña extendió los brazos.
El hombre la tomó y la apretó contra su pecho con tanta fuerza que por un momento pareció olvidar que Valeria estaba allí.
—Perdóname, mi amor. Perdóname. Papá está aquí.
Tenía las manos temblando.
Valeria vio lágrimas en su rostro.
—Está bien —dijo ella—. Solo está muy asustada y tiene frío.
El hombre levantó la mirada.
—¿Usted la encontró?
Valeria asintió.