—Toma, pequeña.
La niña miró a Valeria con los ojos rojos.
—Gracias.
—De nada.
El hombre observó el gesto en silencio.
—Tengo que compensarla.
Valeria negó con la cabeza.
—No hace falta.
—Por favor. Dígame qué necesita.
—De verdad, nada.
—Algo debe haber.
Valeria sonrió cansada.
—Que lleve a su hija a un lugar seco y le prepare algo caliente. Con eso estamos bien.
Por primera vez, él sonrió un poco.
—Me llamo Alejandro Salgado.
—Valeria Cruz.
—¿Trabaja aquí?
Ella señaló su uniforme.
—Desde hace años.
Alejandro miró la identificación de plástico que llevaba en el pecho y luego volvió a sus ojos.
—No voy a olvidar su nombre.
El radio de Valeria sonó en ese momento.
Su supervisor la necesitaba dentro.
—Tengo que regresar.
—Valeria…
Ella se volvió.
—Gracias.
—Cuídela mucho —respondió.
Y regresó corriendo hacia la entrada.
Para Valeria, aquel episodio terminó en cuanto volvió a empujar carritos.