Una niña esperó sola bajo la nieve para pedirle a un desconocido que salvara su futuro

Camila lo llevó hasta el tercer piso.

Subieron por unas escaleras angostas.

Al llegar frente a un departamento pequeño, la niña golpeó la puerta tres veces rápido y luego dos veces despacio.

—Soy yo, mamá.

Nadie respondió durante unos segundos.

Camila volvió a tocar.

—Lo encontré.

La puerta se abrió.

Diego necesitó varios segundos para reconocer a la mujer que estaba al otro lado.

—Mariana…

Ella intentó sonreír.

—Señor Salazar.

La mujer que Diego recordaba siempre impecable parecía haber envejecido muchos años.

Estaba extremadamente delgada.

Su rostro tenía un tono pálido y cansado. Se apoyaba en el marco de la puerta como si mantenerse de pie le costara un esfuerzo enorme.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Atentos.

Inteligentes.

Firmes.

Cuando vio a Camila envuelta en el abrigo de Diego, comenzó a llorar.

—Viniste —susurró.

Después pareció corregirse.

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