Una niña esperó sola bajo la nieve para pedirle a un desconocido que salvara su futuro

—Perdón. Le dije a Camila que usted vendría, pero en realidad no estaba segura.

Diego miró primero a Mariana y después a la niña.

—Tenemos que entrar.

El departamento era muy pequeño.

No había muebles caros ni decoración elegante, pero estaba limpio.

En una esquina había un árbol de Navidad modesto, adornado con figuras de papel hechas a mano.

En la puerta del refrigerador había dibujos infantiles sujetos con pequeños imanes.

Un oso de peluche gastado descansaba sobre un sillón.

Camila corrió hacia su madre.

Mariana la abrazó con una fuerza que parecía no tener.

—Perdóname por mandarte —le susurró.

Luego levantó la vista hacia Diego.

—Y perdóneme a usted también. Sé que esto parece una locura.

Diego seguía de pie, todavía intentando comprender.

—Mariana, ¿qué está pasando?

Ella se sentó lentamente.

Cada movimiento parecía calculado para no gastar más energía de la necesaria.

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