—Siéntese, por favor.
Diego obedeció.
Camila permaneció junto a su madre.
Mariana tomó aire.
—No tengo mucho tiempo.
Diego sintió algo frío en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
Mariana miró a su hija antes de responder.
—Cuando dejé de trabajar con usted, no me fui por problemas familiares.
Bajó la mirada.
—Acababan de diagnosticarme cáncer.
Diego no dijo nada.
Mariana continuó.
Había pasado los últimos tres años entre tratamientos, consultas y temporadas en las que apenas podía levantarse de la cama.
Al principio, los médicos habían tenido esperanza.
Ella también.
Había dejado su trabajo porque ya no podía cumplir con las largas jornadas y porque quería dedicar a Camila todo el tiempo posible.
Durante un periodo, el tratamiento pareció funcionar.
Después la enfermedad regresó.
Y continuó avanzando.
—Hace unas semanas me dijeron que ya no está respondiendo como esperábamos —explicó—. Tal vez me queden seis meses.