Viví con él durante doce años como si fuera su esposa, pero cuando le pedí que se casara conmigo, se rio y dijo: «Es solo un papel»… No discutí con él, pero lo que vio en la cocina a la mañana siguiente hizo que, por primera vez, sintiera verdadero miedo de perderme.

A mitad de la cena, le sugerí tranquilamente que quizá había llegado el momento de organizar una pequeña ceremonia.

La expresión de Daniel cambió de inmediato.

Dejó el tenedor sobre la mesa y soltó una carcajada.

Todavía recuerdo aquella risa.

No era la risa de un hombre enamorado.

Era la risa de alguien que estaba completamente seguro de que yo jamás lo abandonaría.

—Nunca voy a casarme contigo, Sarah.

Durante varios segundos, me quedé mirándolo sin poder decir una palabra.

—¿Por qué?

Se recostó en la silla y se encogió de hombros.

Entonces dijo algo que me hizo comprender que había vivido engañada durante doce años.
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—Porque el matrimonio es un papel sin ningún significado. No cambia absolutamente nada. Si necesitas un contrato legal para sentirte segura, ese es tu problema, no el mío.

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