La puerta se cerró.
Doña Teresa se dejó caer en una silla. Gabriel se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.
—Perdóname por no haber venido antes.
—Tú también fuiste engañado.
—Pero pude haber insistido más.
Don Ernesto apoyó una mano en su hombro.
—La culpa correcta es la que nos enseña. La que solo nos destruye ya no sirve.
En los primeros días, los médicos descubrieron que don Ernesto llevaba meses posponiendo estudios cardiológicos y que doña Teresa tenía una anemia agravada por una alimentación insuficiente. Ninguno quiso dramatizarlo, pero Gabriel comprendió que el fraude había dejado marcas físicas. Acompañó a su padre a cada consulta y se sentó junto a su madre mientras recibía tratamiento. En esas salas de espera escuchó historias que nunca le habían contado: la vez que vendieron una televisión para pagar una receta, las noches en que compartieron una sola cobija y la Navidad en que fingieron no tener hambre para guardar comida para enero.