Volvía del colegio con mi hijo cuando señaló a 2 niños junto a la basura: tenían su misma cara, aunque mi familia llevaba 6 años negando que existieran. Leí un mensaje de mi tío: «Mientras sigan siendo tuyos en los papeles, las acciones siguen donde deben estar». No grité; llamé a mi abogada. Pero un sobre con mi nombre guardaba 3 pulseras idénticas.

—Esto parece una inscripción fabricada —dijo Inés—. Y

hay algo peor.

Sacó una copia de un antiguo pacto societario firmado por el abuelo de Álvaro. Cada nieto biológico recibiría un 8 % del grupo empresarial al cumplir 18 años. Si solo existía 1 nieto reconocido, la administración de ese paquete quedaba en manos de Esteban hasta la mayoría de edad.

Álvaro comprendió de golpe que aquello no trataba solo de una mentira familiar. Trataba de dinero, control y 2 niños convertidos en un problema contable.

El teléfono sonó.

Era su madre, Adela.

—Trae a los 3 niños mañana. Ya sé que has encontrado a Lucas y Mateo.

Álvaro apretó el móvil.

—¿Cómo sabes sus nombres?

Al otro lado hubo un silencio largo.

—Porque fui yo quien permitió que se los llevaran.

PARTE 3

A las 10 de la mañana siguiente, Álvaro cruzó la verja de la finca familiar de La Moraleja con una sensación que no había sentido ni

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