Volvía del colegio con mi hijo cuando señaló a 2 niños junto a la basura: tenían su misma cara, aunque mi familia llevaba 6 años negando que existieran. Leí un mensaje de mi tío: «Mientras sigan siendo tuyos en los papeles, las acciones siguen donde deben estar». No grité; llamé a mi abogada. Pero un sobre con mi nombre guardaba 3 pulseras idénticas.

—Cuando cumpláis 6, vuestra verdadera familia tendrá que decidir qué hacer con vosotros.

Nico, al escuchar que podían llevárselos a un centro, se puso delante de la puerta.

—Ya los separaron una vez.

La psicóloga del equipo pidió que los hermanos permanecieran juntos hasta conocer el ADN. La administración aceptó una guarda de urgencia de 72 horas. Antes de marcharse, la psicóloga dejó claro que cualquier intento de ocultar información podía terminar en una separación inmediata. Álvaro aceptó todas las condiciones sin protestar: visitas, entrevistas, informes médicos y acceso completo a la casa durante esos días.

Esa tarde llegó Inés Robles, la abogada de Álvaro, con una carpeta del Registro Civil. Había encontrado algo imposible: Lucas y Mateo figuraban como hijos de Marta, nacidos el mismo día y en el mismo hospital que Nico, pero el documento había sido inscrito 11 días después del parto y validado por un médico que llevaba 4 años retirado.

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