Mateo soltó una carcajada seca, carente de humor. Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó su propio celular. Le dio la vuelta a la pantalla para que las dos mujeres lo vieran. Estaba reproduciendo la grabación de la cámara de seguridad de nuestra sala.
—Estaba sentado en el avión, a punto de poner el modo avión, cuando decidí revisar la cámara porque Mariana me pidió que estuviera pendiente de ella —dijo Mateo, y su voz empezó a temblar de rabia—. Vi cómo le ponías seguro a la puerta, mamá. Vi cómo le cruzaste la cara. Vi cómo Valeria le jaló el pelo. Y vi cómo mi hermana se tiró al suelo sola para grabar un maldito teatro.
Valeria retrocedió como si la hubieran quemado. Doña Carmen se tapó la boca con las manos.
—Mateo, hijo, déjame explicarte… —lloriqueó la suegra.
—¡No me expliques nada! —rugió Mateo, y el grito fue tan fuerte que los cristales del balcón vibraron—. ¡Vinieron a mi casa, aprovecharon que me fui, para golpear a mi esposa!