En ese momento, el timbre volvió a sonar. Mateo abrió y dejó pasar a Arturo, su mejor amigo, que además era abogado civil. Arturo entró con un maletín, miró la escena y suspiró pesadamente.
—Llegué lo más rápido que pude, hermano —dijo Arturo, acomodándose los lentes.
Mateo se acercó a mí por primera vez. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver la marca de la mano de su madre en mi rostro. Levantó la mano tímidamente, como si tuviera miedo de tocarme, y delineó mi mejilla en el aire.
—Perdóname —susurró, con la voz quebrada—. Perdóname por dejarte sola con ellas.
Yo no lloré. Estaba tan vacía y exhausta que ya no me quedaban lágrimas, pero encontré fuerzas para ir hacia la maceta del balcón. Metí la mano entre la tierra y saqué mi viejo celular.
—Tu cámara no tiene buen audio, Mateo —dije, con voz ronca—. Pero esto sí.
Puse play a la grabación de voz. Toda la sala escuchó el audio nítido. Se escuchó cómo me exigían firmar, los gritos de Doña Carmen llamándome “inútil”, el sonido del golpe, y la voz de Valeria detallando cómo me obligarían a irme a mi casa deprimida, para quedarse con el departamento. Y lo más doloroso: se escuchó cómo usaban la muerte de mi bebé como un arma para humillarme.