Mateo se tapó la cara con las manos, respirando entrecortadamente. Arturo, el abogado, recogió los papeles que habían quedado en la mesa. Leyó el poder notarial y frunció el ceño.
—Esto no es un simple aval, Mateo —dijo Arturo con tono severo—. Es un poder irrevocable de dominio. Si Mariana firmaba esto, tu hermana podía vender el departamento sin necesidad de tu firma.
—¡Es mentira! —gritó Valeria, acorralada—. Era solo para garantizar un préstamo para el negocio de Carlos. ¡Estábamos desesperados!
Arturo levantó un sobre manila que asomaba de la bolsa abierta de Valeria. Lo sacó sin pedir permiso.
—¿Y entonces qué es este contrato de promesa de compraventa? —leyó Arturo en voz alta—. A nombre de un tal señor Fuentes… con un anticipo ya pagado de 120,000 pesos.
El mundo se detuvo. Mateo bajó las manos de su rostro y miró a su hermana con auténtico terror.
—¿Recibiste dinero? —preguntó Mateo en un susurro—. ¿Ibas a vender mi casa… nos ibas a dejar en la calle por 120,000 pesos?
Doña Carmen se dejó caer en el sillón, agarrándose el pecho.
—¡Yo no sabía de esto, Valeria! ¡Me dijiste que solo era para que Carlos pagara a los proveedores!
—¡Tú querías a Mariana fuera de esta casa tanto como yo! —le gritó Valeria a su propia madre, desenmascarándose por completo—. ¡No te hagas la santa! Me dijiste que si yo lograba que Mariana firmara el divorcio, tú te encargarías de presentarle a Verónica a Mateo.