Ya estás desechable, mi hijo merece otra mujer”, me gritó mi suegra al darme un golpe seco tras cerrar con llave la puerta de la sala. Mi cuñada sacó una lista de deudas familiares y un documento para despojarme de la casa, mientras preparaban la trampa de autolesionarse frente al celular para hacerme pasar por demente. Me quedé helada, tomé el aparato de grabación oculto y esperé con el rostro hinchado. La cerradura giró con fuerza y mi esposo irrumpió con la maleta en la mano; al ver las imágenes en la pantalla, comprendió que su propia familia había intentado destruirme.

Mencionaron a Verónica. La mujer de la foto.
Mateo me miró desesperado.
—Mariana, te lo juro por mi vida, no tengo nada que ver con Verónica. Es una excompañera de la universidad que mi mamá me trajo a la fuerza a una comida hace dos semanas. No ha pasado absolutamente nada.
Yo lo sabía. En el fondo lo sabía. Pero el hecho de que su familia estuviera orquestando mi reemplazo me daba asco.

Caminé hacia nuestra habitación. Abrí el último cajón de mi buró y saqué una pequeña caja de madera. Dentro, junto a un par de calcetines amarillos de recién nacido y el único ultrasonido que tenía de mi bebé, había una bolsita con pastillas marrones. Regresé a la sala y la tiré sobre la mesa, justo encima del contrato de compraventa.

Valeria vio la bolsita y, por primera vez, el pánico real desfiguró su rostro. Retrocedió hasta chocar con la pared.
—¿Qué es esto? —preguntó Mateo.
Miré a mi cuñada.
—Díselo tú, Valeria. Dile qué son estos “remedios naturistas” que me trajiste de Puebla semanas antes de que yo empezara a sangrar. Esas pastillas que me obligaste a tomar, diciendo que mi suegra las recomendaba, y que me advertiste que “no le dijera a Mateo para no preocuparlo”.

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