Mateo recogió la bolsa. Sus manos temblaban de tal manera que las pastillas chocaban entre sí. Miró a su hermana.
—¿Qué le diste a mi esposa, Valeria?
—¡Eran vitaminas! —chilló ella, llorando desesperada—. ¡Solo eran tés y hierbas para limpiar el útero!
El silencio que siguió fue el más pesado de mi vida. Limpiar el útero. En México, en los pueblos, todo el mundo sabe para qué se usan ciertas hierbas y raíces cuando una mujer está en sus primeros meses de embarazo.
Mateo emitió un sonido que no parecía humano. Fue un rugido desgarrador, el grito de un padre al que le acaban de confirmar que su familia mató a su hijo. Se abalanzó sobre Valeria, pero Arturo lo agarró por los hombros, empujándolo hacia atrás con todas sus fuerzas.
—¡Mateo, no te ensucies las manos, vas a ir a la cárcel! —le gritó Arturo, luchando para contenerlo—. ¡Déjaselo a la ley!
Doña Carmen estaba de rodillas, llorando y pidiendo perdón a gritos.
—¡Hijo, yo no sabía qué era! ¡Te lo juro por Dios! ¡Valeria me dijo que era para fortalecer al niño!