—¡Lárguense! —gritó Mateo, llorando, con el rostro bañado en lágrimas y saliva, apuntando a la puerta—. ¡Lárguense de mi casa antes de que las mate! ¡Salgan de aquí!
En ese momento, la puerta se abrió. Era Carlos, el esposo de Valeria, que seguramente venía a ver si el “trámite” ya estaba hecho. Al ver la escena —Mateo contenido por Arturo, su suegra de rodillas, y su esposa acorralada y pálida— Carlos no supo qué hacer.
Arturo le tiró el contrato de promesa de compraventa al pecho a Carlos.
—Tu mujer cobró 120,000 pesos vendiendo la casa de tu cuñado y obligó a su esposa a abortar. Llévatelas, Carlos, o llamo a las patrullas en este instante.
Carlos miró a Valeria con una mezcla de horror y asco. Sin decir una palabra, agarró a su esposa del brazo con rudeza y tiró de ella hacia el pasillo. Doña Carmen se arrastró hacia los zapatos de Mateo.
—Hijo… no me dejes de hablar, soy tu madre…
Mateo no la miró.
—Tú ya no eres mi madre. Y si vuelven a acercarse a mi esposa, juro por la memoria de mi hijo que los hundo en la cárcel a los dos.