Metí la mano al bolsillo de mi suéter para sacar mi celular. Quería llamarlo. Pero Valeria fue más rápida. Se levantó de un salto, me clavó las uñas acrílicas en la muñeca y me arrebató el teléfono.
—¿Qué vas a hacer? ¿Llorarle para que se baje del avión? Ya estás grandecita, Mariana. Deja de esconderte detrás de mi hermano.
El aire acondicionado zumbaba y mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Leí por encima el papel. No era un simple aval. Era un poder notarial amplio que les daba el derecho de usar mi departamento como garantía, venderlo o cederlo a un tercero. Estaban apostando el techo que yo misma pagaba con mi sueldo para salvar las deudas de un hombre que ni siquiera estaba ahí.
—No lo voy a firmar —dije, apretando los puños.
Doña Carmen se acercó, respirando pesadamente.
—Desde que te casaste te hemos aguantado todo. Eres una inútil que ni siquiera sirve para retener a un hijo, ¿y ahora nos das la espalda?