Esa frase me apuñaló directo en el vientre.
—No use a mi hijo muerto para chantajearme, señora.
Doña Carmen levantó la mano para soltarme otro golpe. Valeria me bloqueó el paso hacia el balcón. Estaba acorralada en mi propia casa. Miré de reojo hacia la esquina del techo. La pequeña cámara de seguridad que Mateo instaló “para vigilarme” seguía con su foquito rojo encendido.
No puedo creer lo que está a punto de pasar…
PARTE 2
El foquito rojo de la cámara era mi única esperanza, como un faro diminuto en medio de esa pesadilla. No sabía si Mateo la estaba viendo, pero si no lo hacía, estaba completamente sola frente a dos mujeres dispuestas a todo.
—¡Es la última vez que te lo pido, Mariana! ¡Firma! —gritó mi suegra, arrinconándome.
—¡Que no! —respondí, tirando la pluma al suelo.