—Miente —dije, sintiendo que las lágrimas por fin me quemaban los ojos—. Si él quisiera el divorcio, me lo diría en la cara.
Valeria sacó su teléfono y me mostró una foto. Era Mateo, sentado en una cafetería de la colonia Roma, muy sonriente, con una mujer de cabello negro, muy arreglada.
—Se llama Verónica —dijo mi cuñada con una sonrisa cruel—. No tiene traumas, es independiente, y lo más importante: a mi mamá le encanta. Mateo ya está haciendo su vida, acéptalo. Firma el divorcio, te damos un dinerito para que te regreses a casa de tus papás a curarte tu depresión, y nos dejas el departamento a nosotros.
El asco me revolvió el estómago. Todo había sido un plan. Aprovecharon su viaje para emboscarme, quitarme mi casa y deshacerse de mí. Tomé las hojas del divorcio con ambas manos, miré a mi suegra directo a los ojos, y las rasgué por la mitad. El sonido del papel rompiéndose resonó en la sala. Las hice pedazos y se las aventé a la cara.