—¡Estás loca, maldita muerta de hambre! —gritó Valeria, perdiendo los estribos. Se abalanzó sobre mí y me agarró del cabello con ambas manos, jalándome hacia el sofá. El dolor en mi cuero cabelludo fue insoportable. Traté de quitármela de encima, pero Doña Carmen me agarró de los brazos por la espalda.
—¡Suéltenme, están en mi casa! —grité, forcejeando con todas mis fuerzas.
—¡Esta casa es de mi hijo! —escupió la suegra—. ¡Tú no eres nadie!
Logré empujar a Valeria. Ella tropezó con la alfombra y soltó mi cabello. Me alejé jadeando, con la mejilla ardiendo y el pelo revuelto. Entonces, la actitud de Valeria cambió drásticamente. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, tomó su celular del sofá y activó la cámara, apuntándome directamente.
—¡Mariana, por favor, cálmate! —empezó a gritar, fingiendo un llanto histérico—. ¡Mamá, ten cuidado, trae un cuchillo!
Me quedé petrificada. No había ningún cuchillo. Solo estaban mis manos temblorosas.
—¡Ayuda, está perdiendo el control otra vez! —lloriqueaba Valeria frente a su propia cámara, retrocediendo a propósito hasta dejarse caer dramáticamente contra la mesa de centro—. ¡Me pegó, mamá, me pegó!