Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

“Si la dejábamos volver con el bebé, Mauricio iba a convertirse en niñero… cuidar niños es trabajo de ellas.”

Mariana escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, no pareció sorprendida.

—Eso piensa tu mamá desde siempre.

—Sí.

—¿Y tú?

La pregunta fue sencilla.

Mauricio tardó en responder.

—Hasta hace dos semanas habría dicho que no pensaba así.

Mariana levantó una ceja.

—Pero lo demostré.

Ella guardó silencio.

—No voy a echarle toda la culpa a mi mamá —continuó él—. Ella propuso la idea, pero yo acepté. Nadie me obligó a empacar tus cosas. Nadie me obligó a comprar una consola y planear dos o tres meses de vida de soltero mientras tú cuidabas sola a nuestro hijo.

Mariana lo miró fijamente.

Era la primera vez que Mauricio hablaba sin justificar nada.

—¿Sabes qué fue lo peor? —preguntó ella.

—Las maletas.

—No.

Mauricio esperó.

—Lo peor fue verte tan feliz.

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