Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Aquella frase lo golpeó.

—Cuando saliste del hospital parecías emocionado. Durante el camino hablabas de dormir, jugar, ordenar tus cosas. Yo llevaba menos de dos días de haber dado a luz y mi esposo estaba celebrando que no tendría que verme durante tres meses.

Mauricio bajó la cabeza.

—Tienes razón.

—Mi mamá me ayudó muchísimo. Mi papá cargaba al bebé cuando llegaba del taller. Pero cada madrugada, cuando estaba sola dando pecho y apenas podía mantener los ojos abiertos, pensaba una cosa: el padre de este niño está durmiendo tranquilamente porque decidió que esto era únicamente mi problema.

—Lo sé.

—No. Ahora lo sabes.

Mariana respiró profundamente.

—Y necesito saber algo antes de volver.

Mauricio levantó la mirada.

—Lo que sea.

—¿Quieres ser padre o solamente quieres tener un hijo?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Mauricio abrió la boca, pero Mariana levantó una mano.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *