Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Pero Mauricio supo que aquel “gracias” valía mucho más que cualquier disculpa.

Las semanas siguientes no fueron perfectas.

Hubo discusiones.

Mauricio olvidó comprar pañales una tarde.

Otra noche se quedó dormido mientras calentaba agua y Mariana tuvo que despertarlo.

Una vez intentó decir:

—Pero mañana trabajo temprano…

Se detuvo a mitad de la frase.

Mariana lo miró.

Él levantó las manos.

—Retiro lo dicho.

También hubo momentos buenos.

El primer baño que Mauricio dio solo a Mateo terminó con medio piso mojado, pero el bebé dejó de llorar cuando escuchó la voz de su padre.

Los sábados, Mauricio salía temprano con la carriola y caminaba por el parque mientras Mariana dormía.

Aprendió qué marca de pañales irritaba la piel del bebé.

Aprendió a distinguir el llanto de hambre del llanto de sueño.

Aprendió que la leche podía enfriarse mientras intentaban calmar un cólico.

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