Aquellas palabras le dolieron más que cualquier ampolla en las manos.
Hasta ese momento había dado por hecho que Mariana regresaría.
Como si el matrimonio fuera una puerta que él podía cerrar cuando necesitaba tranquilidad y volver a abrir cuando se sintiera preparado.
—Está bien —murmuró—. Te espero.
Después de colgar, permaneció inmóvil.
Rafael volvió a entrar.
—¿Todo bien?
—No sé si Mariana quiere seguir conmigo.
Su suegro tomó una botella de agua.
—¿Y te sorprende?
Mauricio bajó la mirada.
Rafael nunca había sido un hombre de grandes discursos. Tampoco había insultado a su yerno durante aquellas semanas. Le había bastado con hacerlo trabajar.
Pero esa noche decidió hablar.
—Cuando nació Mariana, yo tenía veintiséis años. Trabajaba diez horas al día y llegaba cansado. Una noche ella no dejó de llorar. Su mamá llevaba horas tratando de calmarla. ¿Sabes qué hice?
Mauricio negó con la cabeza.
—La cargué y caminé con ella por toda la casa hasta las cuatro de la mañana. Al día siguiente fui a trabajar casi sin dormir.
—¿Y no estabas cansado?
—Claro que estaba cansado. Pero su mamá también.
Rafael bebió un poco de agua.
—La familia no funciona cuando uno decide que su cansancio vale más que el del otro.
Mauricio no respondió.
—Yo no hice todo este desastre para castigarte —continuó Rafael—. Aunque admito que verte peleando con la mezcla tuvo momentos divertidos.
Mauricio soltó una risa amarga.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque cuando Mariana me llamó desde el hospital, estaba tratando de hablar como si nada le doliera. Pero yo conozco a mi hija. Acababa de tener un bebé y su marido ya estaba preparando sus maletas para sacarla de su propia casa.
Mauricio cerró los ojos.
—El departamento es suyo.
—No. Es mío.
—Ya sé.
—Ese es el punto. Si hubiera sido de ustedes, el problema habría sido igual. No puedes sacar a tu esposa porque un recién nacido te incomoda. Un hogar no pertenece al que necesita más silencio.
Mauricio permaneció despierto casi toda la noche.
Por primera vez desde el nacimiento de su hijo, no pensó en el ruido, en el trabajo ni en cuánto dormiría.
Pensó en Mariana saliendo del hospital con puntos, dolor y miedo.
Pensó en aquellas dos maletas azules.
Él mismo había entrado al departamento mientras ella seguía internada.