Había abierto el clóset.
Había doblado su ropa.
Había guardado sus zapatos.
Incluso había metido los productos personales del baño.
En aquel momento se sintió eficiente.
Ahora le parecía brutal.
Al día siguiente trabajó con Rafael desde temprano.
Terminaron el piso de la recámara, colocaron los últimos zoclos y limpiaron.
Cuando acabaron, el departamento parecía otro.
El baño tenía azulejos nuevos.
La humedad había desaparecido.
Las paredes estaban recién pintadas.
El balcón estaba limpio y seguro.
Rafael incluso había reparado una puerta que llevaba casi un año atorándose.
A las cinco de la tarde sonó el timbre.
Mauricio abrió.
Mariana estaba ahí.
Sin bebé.
Sin maletas.
Solo ella.
Mauricio quiso abrazarla, pero se detuvo.
—Pasa.
Mariana recorrió el departamento lentamente.
—Quedó bonito.
—Tu papá es una máquina.
Desde la cocina, Rafael levantó una mano.
—Ya terminé. Me voy.
Tomó sus herramientas y salió, dejando a la pareja sola.
Mariana se sentó a la mesa.
Mauricio permaneció de pie unos segundos y luego ocupó la silla de enfrente.
—Escuché un audio de mi mamá —comenzó él.
Mariana lo miró.
—¿Qué audio?
Mauricio reprodujo el mensaje.
La voz de Teresa llenó la habitación:
“Si la dejábamos volver con el bebé, Mauricio iba a convertirse en niñero… cuidar niños es trabajo de ellas.”
Mariana escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, no pareció sorprendida.
—Eso piensa tu mamá desde siempre.
—Sí.
—¿Y tú?
La pregunta fue sencilla.
Mauricio tardó en responder.
—Hasta hace dos semanas habría dicho que no pensaba así.
Mariana levantó una ceja.
—Pero lo demostré.
Ella guardó silencio.
—No voy a echarle toda la culpa a mi mamá —continuó él—. Ella propuso la idea, pero yo acepté. Nadie me obligó a empacar tus cosas. Nadie me obligó a comprar una consola y planear dos o tres meses de vida de soltero mientras tú cuidabas sola a nuestro hijo.
Mariana lo miró fijamente.
Era la primera vez que Mauricio hablaba sin justificar nada.
—¿Sabes qué fue lo peor? —preguntó ella.
—Las maletas.
—No.
Mauricio esperó.
—Lo peor fue verte tan feliz.
Aquella frase lo golpeó.
—Cuando saliste del hospital parecías emocionado. Durante el camino hablabas de dormir, jugar, ordenar tus cosas. Yo llevaba menos de dos días de haber dado a luz y mi esposo estaba celebrando que no tendría que verme durante tres meses.