Marisol gritó como nunca. Corrí, le toqué el hombro, ya estaba frío.
El velorio fue pobre y silencioso. Cuatro arreglos de la florería, café de termo y pan dulce.
Sus otros hijos cayeron tarde, con camisas planchadas y lentes oscuros de noche. Lloraron para la foto, tomaron café y se fueron antes del rosario.
El más grande, Toño, que según vende terrenos en Querétaro y huele a loción cara, me dio una palmada y me soltó con una sonrisa:
“Ya te libraste del viejito, cuñado. Ahora sí vas a progresar”.
No le contesté. Porque una parte asquerosa de mí pensaba exactamente lo mismo.
Esa noche, por primera vez en veinte años, la silla del porche estaba vacía y en vez de paz sentí una culpa que me aplastaba el pecho y no me dejaba respirar.
El aire olía a tierra mojada y a café quemado.